06/01/2011
El domingo es el día miramarense por excelencia para disfrutar de las playas ocupadas, dominantemente, por los turistas. Como Uno no es la excepción a la regla, caza a la patrona, prepara el mate y rumbea con el Corsita hacia el Náutico… Un verdadero gentío puebla las arenas, pero Uno saluda y es saludado con cierta frecuencia. “Somos mayoría en este espacio” es lo que Uno piensa, mientras ceba el primer amargo. Las ruinas de lo que fuera el Restaurante del Club no dejan de poner una macula de sombra en la conciencia local. Gracias a muchas de nuestras fallas y chantadas, una mujer perdió la vida allí…sepultada entre escombros. Me pegunto como habrá terminado el juicio penal y civil sobre esa tragedia, la verdad no lo he seguido últimamente. Pero es domingo y la vista se distrae entre el horizonte, el azul del mar y alguna que otra ninfa mirada muy de reojo, para evitar la represión de la Bruja propia… De pronto, una nenita rubia de unos cinco años llora desesperadamente, luciendo un chorreado de sangre en la mejilla. Los turistas, precedidos de sus padres (los de la nena rubia), tratan de consolarla. “¿Quién habrá sido el animal que puso esto? Interroga un señor de bigotes, posiblemente Comisario retirado… Uno mira el alambre de púas que rodea el área destinada a la enseñanza del surf (no todo, solo una de las tres líneas) y comprende que no estamos mucho mas previsores que antes del derrumbe… Es hora de hacer bostear el mate y olvidarse de todo, al fin y al cabo no esta Uno allí como periodista, sino como simple vecino. Una hermosa pareja se arrima sonriente. Ella es luminosa como el sol del amanecer, el deportista y famoso (se asegura que integrara la Selección Sub 20 del Pais). Están bien entre ellos y se les nota. Pero vienen demasiado risueños. Portan una pequeña anécdota. “Alguien” ha privatizado los Baños Públicos, con una actitud tan ultramenemista, que no permite el ingreso a quien no pague la tasa de un peso per capita… Ellos, entre los dos, solo juntan una moneda, de esas nuevas, las del Bicentenario. El Cancerbero de los “Servicios Presuntamente Públicos” es inflexible y el muchacho cede el privilegio del inodoro a su dama. Mientras, como en la infancia, hace pis discretamente, detrás de las modestas construcciones… El mate se va lavando. Algunos niños disfrutan de un juego simpático. Unas bolas de plástico transparente en la cual los párvulos se introducen y avanzan o retroceden haciéndolas girar, entre gritos de alegría. Las he visto en otros lados, en Brasil y en el Mediterraneo, las usan en el mar (con mucho menos viento y olas que acá, por supuesto). En la playa del Náutico las bolas están en una pileta inflable rellenada con las aguas del anchuroso Océano. Todo bien, salvo una manguera azul bastante grossa, que atraviesa la playa. Un rato mas tarde, sobre el ocaso, unos muchachos de remeras negras, retiran la dichosa manguera. Pienso que advirtieron lo poco estético del asunto… Pero no. En minutos abren una compuerta de rezagote y un verdadero rio de agua salada sale del pileton, mojando las pertenencias de unos veinticinco turistas que han dejado bolsos, zapatillas, sándwiches, cámaras y las mil cosas que suelen llevar a la costa. Creían seguramente encontrarlas secas al salir del mar. No es así y se enojan bastante. Cuando ya son unos cien los iracundos, me pongo discretamente las alpargatas bigotudas y nos damos a la fuga antes de que descubran que somos miramarenses y por ende, parte obligada de las molestas improvisaciones descriptas. No esta mal eso de que haya servicios privados en las playas, es una costumbre argentina. Tampoco soy un enemigo del capitalismo o de los negocios, grandes o pequeños, si son legales. Pero la privatización del uso de la playa del ex Club Náutico deberá mejorar mucho, pero mucho, si es que queremos que Miramar siga yendo proa al futuro. Las ultimas luces del sol se extinguen como el domingo, dejadas atrás de la polvareda que el Corsita levanta, mientras rueda raudamente a casa, llevándonos calladitos a los dos, por el lado de Judiciales…
Columnista:
Fuente: Alberto Pensotti