Es sabido que los argentinos somos pendulares en nuestras opiniones. De un péndulo cuya frecuencia se acelera rápidamente a lo largo de los años. Pasamos de sostener una opinión a la contraria en días o meses. Muchas veces sin razón aparente. Las encuestas suelen reflejar esta curiosa volubilidad del animo nacional. Pero casi nunca logran explicar el por que de la misma. Pongamos un ejemplo concreto. Durante la mayor parte de la gestión del Frente para la Victoria, digamos desde 2003, se aplico una política sistemática de no represión de las protestas sociales. Al principio y sobre todo en las grandes ciudades, la gente se encolerizaba furibundamente en contra de los piquetes que interrumpían el transito en avenidas, calles o autopistas y los piqueteros eran presentados por los medios como una guerrilla urbana inaceptable en un país civilizado. El Paro del Campo en 2008 sorprendió a todos por su magnitud y su virulencia. Mas allá de las razones que asistieran a quienes ejercían la protesta, el País todo estuvo al borde de la incomunicación. Hasta ciudades habitualmente tranquilas como Miramar registraron cortes de rutas, marchas y actos sorpresivos. Sin embargo la población, en lugar de apreciar que empresarios rurales y desocupados o marginales compartían una misma metodología, hasta ese momento, duramente valorada, apoyaron y participaron casi alegremente de los cortes… Seria largo historiar las permanentes oscilaciones del humor patrio. Pero no hace mucho, con motivo de la irrupción del Estado Brasileño en las favelas tratando de recuperar la soberanía nacional en verdaderos territorios liberados a merced del narcotráfico, hubo un “efecto cascada” que llego a nuestras costas. “Hay que hacer como Lula” decían los comentaristas televisivos. Algunos llegaban a pedir que el Ejercito Argentino entrara en las villas y las desalojara por la fuerza. Hasta se creo una corriente de opinión que planteaba que “al fin la mayoría son extranjeros, bolitas, paraguas, yoruguas”… como si el mundo no estuviera globalizado o como si la Argentina no fuera poblacionalmente hija de las migraciones. Hasta antes de ayer imperaba la creencia de que “una mano dura” era imprescindible para reponer el “orden” ante el “caos” provocado por los pobres en su afán de tener su ranchito propio… Ayer una represión inusual encarada por la Policía Metropolitana de la Ciudad de Buenos Aires, planteo un rápido movimiento en la opinión publica. Rebalsada en su capacidad operativa y sin Guardia de Infantería propia la policía machista debió recurrir a la Federal. Hidrantes, helicópteros, bengalas, granadas de gases lacrimógenos y balas antidisturbios campearon enfrentando a las piedras que desde la villa, resistían el desalojo dispuesto por un Juzgado, a pedido del poder político de la Ciudad Autonoma. Los disturbios se extendieron hasta el amanecer. A la hora del balance, había dos muertos. Mientras policías Comunales de la Megtropolitana y federicos de la Federal, discutían responsabilidades, teleespectadores, oyentes y lectores de los sucesos, mutaban una vez mas su apreciación de los mismos. Ahora eran las caras de las madres de las victimas, regadas de lagrimas y las madres con sus chiquitos implorando un lugar donde vivir las que ganaban el corazón de las audiencias. En días, pasamos de pedir “mano dura” a indignarnos por el “gatillo fácil”… y en eso estamos. Obviamente la misma actitud de cambios repentinos y no muy fundados del animo colectivo, la sostenemos ante distintos temas. Hasta Papa Noel se convierte en nuestras costas en motivo de polémica y de posiciones que mutan con asombrosa rapidez. ¿Será una especie de patología nativa? ¿Se trata de la influencia de los medios en masas de espectadores manipulados? ¿Son opiniones manejadas desde usinas políticas que generan hechos contrastantes que las disparan?. Me quedo con la idea de que “Nosotros somos Nosotros” y que esta característica atraviesa nuestra Historia y posiblemente siga pesando en nuestro futuro nacional. Pero creo que debemos estar advertidos de cómo actuamos. Verse en el espejo es una dura tarea, pero necesaria para reconocernos y, tal vez solo tal vez, dirigir mas coherentemente nuestros rumbos de acción, individual y colectivamente.